sábado, 23 de diciembre de 2017

Las figuras de la avidez.




    Se culpa al sistema capitalista, como el organismo dominante en cuyo ADN hay un gen reproductor del crecimiento económico imposible de revertir. Sin lugar a dudas, manteniendo este ritmo de producción mundial pronto los recursos disponibles estarán prácticamente agotados y la contaminación medioambiental hará de la Tierra un lugar inhabitable para el ser humano. Es urgente, prioritario e innegable, que las decisiones políticas giren a favor de un decrecimiento económico sostenible. De entre los gobiernos, aquellos más responsables, tratan lentamente de ganarle la batalla al crecimiento desalmado proponiendo a la desesperada unos límites para controlar el aumento de las temperaturas medias en el planeta. Vemos en la práctica que los frágiles acuerdos de París basados tímidamente en intenciones, ya han sufrido su primera andanada al retirarse el primer mandatario de uno de los países más contaminantes. 
         De lo que la ciudadanía no se apercibe es de que la cualidad de los interlocutores sobre los que se  gesta esta lucha es desigual. No hay interlocutores tangibles con quien negociar un decrecimiento sostenible. El ente con quien dialogar no tiene rostro. Es un ente descarnado. Una figura psíquica. Una abstracción mental cuyo nombre se llama AVIDEZ. Todos los esfuerzos para encarar un interlocutor son en vano. Intuitivamente, pensamos que tras la marca Philips o Volkswagen hay el Sr Philips, el Sr Volkswagen o un propietario con quien dialogar. Estamos equivocados; no hay nadie personalmente con quien negociar. Son grandes corporaciones gobernadas por títulos de propiedad anónimos.Títulos de valor denominados 'acciones' cuyo único fin estratégico es el de aumentar de valor. Quien ingenió esta forma jurídica supo muy hábilmente despojar las ganancias empresariales de toda consideración moral. El Real Decreto Legislativo 1/2010 de 2 de julio enuncia: “En la sociedad anónima el capital, que estará dividido en acciones, se integrará por las aportaciones de todos los socios, quienes no responderán personalmente de las deudas sociales”. Aunque un inversor tenga sentimientos, valores u opiniones, cuando invierte en una S.A, estos quedan fuera de su inversión. Y queda eximido legalmente de toda responsabilidad civil o penal por los daños que produzca su capital. Solamente se juega el valor monetario de la propia acción. Estos entes ávidos tienen como enmascararse a través de muchos personajes que hablan por ellos. El presidente Trump rompiendo los acuerdos de París o el presidente Zapatero en plena crisis, implorando a los españoles que siguieran consumiendo, son máscaras de la Avidez en momentos decisivos. La Avidez no puede renunciar a ser ávida. Cualquier pacto vale para ella tanto como el rendimiento que produce en ganancias. Cuando ya no es rentable no hay motivo para respetarlo. La Avidez no tiene amigos ni patria. Prueba de ello es el monto de empresas que se han ido de Catalunya sin reminiscencias por no sufrir riesgos innecesarios. Y nadie se lo reprocha directamente; está asumido el principio inherente de ganar más. Pero, curiosamente, nadie se cuestiona la legitimidad de esta figura jurídica que descarna el título de propiedad de la persona que lo ha adquirido. Como si las consecuencias sociales de su adquisición no fueran con él. Podrán ver apoderados, directores o administradores sentados ante la justicia pero raramente al capitalista en persona. Imagino el vuelco que daría el capitalismo financiero mundial si cada título de propiedad estuviera ligado a la identidad de una persona y a su patrimonio personal, en caso de tener que pagar por responsabilidades.  Cuando invertimos en productos financieros estamos comprando partes de empresas con toda su estructura: lo que tiene y lo que debe. Parece insustancial que no asumamos personalmente las consecuencias que generan estos activos. No puede desligarse la propiedad de su propietario: son adyacentes.
        El deterioro medioambiental y las catástrofes que se profetizan, exige tener que reconvertir urgentemente los sistemas productivos. El esfuerzo que se necesita para detener la producción ingente, desbordante, desmesurada y abusiva de mercancías para el enriquecimiento ávido de un colectivo despersonalizado, precisa vincularse a interlocutores capaces de dialogar y decidir por sí mismos. 
       El tema del calentamiento global y de los recursos de la Tierra es un problema que tiene que negociarse entre personas. No puede negociarse con abstracciones financieras carentes de ningún juicio moral. Si hay que concentrar esfuerzos  para impedir el colapso de la humanidad, la derogación de esta ley devolvería la responsabilidad corporativa a personas físicas que responden ante su comunidad. ‘Corporeizar’ la Avidez es implementarla de emociones, sensaciones y sentimientos que no son indiferentes al conjunto de seres con los que conviven. Un desastre medioambiental, una sentencia judicial, un cierre con pérdidas tiene que saldarse directamente a con personas físicas responsables de lo que hace el capital en sus empresas. Solamente en estas condiciones pueden negociarse acuerdos que impliquen la renuncia a ganancias monetarias. No me sorprendería ver cambios muy significativos en el comportamiento de estas corporaciones si dejaran de ser anónimas. Si sus propietarios encarnaran la responsabilidad civil de los perjuicios ocasionados en la justa medida de lo que les corresponde por su participación. 
     
  joanbahr@ymail.com