lunes, 21 de noviembre de 2016

LA PALABRA DEL PRESIDENTE ELECTO

Lo que más me ha impresionado de la campaña norteamericana para la elección del presidente de los EE.UU, no ha sido las burradas y amenazas que se han expresado con la ligereza, sarcasmo y desprecio, más propias del boudeville que de los máximos actores de la política norteamericana. No ha sido tampoco su resultado, contra pronóstico, aunque delate un espíritu mayoritario de hastío hacia los derechos humanos fundamentales en el estado más influyente del planeta. La tercera réplica del seísmo ha sido la aceptación tácita, por parte de los electores de uno y otro bando, y de la grada mundial atemorizada, de un presidente electo que se desdice en la primera semana de mucho de lo que amenazó y atemorizó con su verborrea caprichosa. Como si se justifica mentir abiertamente en el púlpito de candidato para obtener el cargo electo de presidente. Esto sí me hace reflexionar. Se acepta tácitamente la mentira en cuanto a intenciones, pretensiones y objetivos para obtener un cargo de máxima responsabilidad mundial. Curiosamente, no parece que nadie se haya escandalizado: formaba parte de su carácter bravucón. Ahora se habla implícitamente de D. Trump candidato y de D. Trump presidente como de dos personas diferentes, cada una con su propio discurso.
          Entramos en una fase crepuscular de la democracia en la que la fascinación vapulea sin miramientos la consistencia, coherencia y fundamento del discurso. Es la concatenación de un electorado sin ideas que sintoniza con el líder arrojado, triunfalista y práctico, aunque haya de mentirles para convencerlos. Pero, del lado de los perdedores, se acepta también con alivio que se desdiga de muchas de sus bravuconadas. No tiene ningún valor la palabra dada ni tan solo por su incumplimiento. No hay contrato verbal con los electores, ni menos con la oposición, ante un mundo absorto que no sabe como posicionarse. Esta indiferencia del electorado ante unos asertos a cambio del voto, que no iban a cumplirse desde el minuto cero, muestran que las razones son lo de menos. Si un político puede razonar sus propuestas es que va a llegar hasta el final. Es que se entiende bien consigo mismo. Si lo único que importa es la defensa de unos sentimientos históricos, clasicistas y tendenciosos las palabras poco importa puesto que, incluso aquellas ideas (republicanas) de las que se originaron, han sido olvidadas. No hay fraude cuando nadie se siente defraudado. Es inquietante ver un escaparate político de exigencias, reproches, promesas, insultos, guiños y sentencias que no se sustenta en ninguna razón. Al que cualquier réplica le es indiferente puesto que no estamos en la escena del debate ideológico.
       El feudo de la razón son los principios universales. En sus horas bajas, el sectarismo y la xenofobia van al alza. El mandatario sabe serpentear por las grandes palabras sin ahondar en su significado. Por este motivo, no le importa demasiado no atenerse a lo dicho.
joanbahr@ymail.com