viernes, 29 de noviembre de 2013

EL SABOR DE LA DIFERENCIA




    Es extraordinario que seamos tan diferentes. Aunque la familiaridad con mi propia apariencia física me incapacita para juzgarme ante el espejo, cualquier otro puede percibir algo de lo que soy con solo verme. La forma de gesticular, la expresión del rostro, la fugacidad de la mirada, el timbre de la voz; son solo algunas impresiones que caracterizan mi modo de ser. Pienso, que comunicamos antes por el cuerpo que por la palabra. A veces tengo que girar involuntariamente la cabeza para completar con un rostro una conversación entre desconocidos que oigo esporádicamente a mis espaldas. Por esto, no coincido en absoluto con cuantos suscriben que la comunicación se reduce a la palabra escrita o hablada. Hay en el cuerpo una misteriosa revelación de la persona que difícilmente las palabras pueden agotar. La entonación y la sintaxis enriquecen el mensaje lógico, pero subsisten muchos relieves que preceden a la comunicación hablada. Incluso por teléfono o escuchando la radio, más tarde o más temprano tengo que condimentar lo que oigo con figuras de rostros, cuerpos, o paisajes para tomar tierra en el momento presente. Incluso leyendo una buena novela, no puedo recrearla sin ponerle un aspecto físico a los personajes que la animan. 
   Cuando se trata un asunto muy importante solemos optar por mantener un contacto personal. Lo saben bien los altos dirigentes, quienes, pese a su apretada agenda, se personan donde sea para optimizar la comunicación. Pero, ¿qué es lo que vemos en la animación física del otro?: la singularidad de alguien único para nosotros. Lo extraordinario es que, recíprocamente, yo soy un ser único también para él. Y cuando esto ocurre, entre éste y yo se funda algo especial que restará nuevamente para futuros encuentros. Es así como surge una singular conexión que por separado no tiene ninguna fuerza para existir. En esto reside el éxito del entendimiento entre pequeños grupos de personas: su interrelación corporal. La fonética de unas descripciones constituidas por unos símbolos universales es superada por una comunicación inefable, donde se accede a tantísimos registros imposibles de cuantificar.  
    En el centro de todas las “conexiones interpersonales" aparece una "conexión intragrupal" en la que uno se reconoce y en gran medida,  por los demás con quienes comparte situaciones comunes, aunque ellos, análogamente, se reconocen por otros entre los cuales estoy yo. Esto es lo interesante de la comunicación en las pequeñas comunidades. Miradas transversales dirigidas a éste, aquél o a todos, puesto que todos se conocen y actúan como un cuerpo común, al propio tiempo que cada uno es un universo propio, en el cual constituye su mundo y sus decisiones.
      La política debe orientarse desde lo pequeño, lo recóndito, donde hombres y mujeres pueden adentrarse en unos problemas comunes y ampliar su círculo en cuestiones más generales pero sosteniendo con firmeza su pequeña diferencia. No me cabe duda de que la custodia de los intereses ecológicos está mejor en las propias comunidades que habitan los territorios que en unos dirigentes urbanos y desnaturalizados cuya percepción en cifras y datos nunca se traduce en la vivencia directa de los lugares degradados. Las excepciones pueden deberse a tentadoras ofertas económicas que nunca serían posibles en una sociedad que pudiera ejercer localmente la gobernanza de sus cuestiones cívicas.    

joanbahr@ymail.com